El canon cinematográfico oficial es una construcción. No una verdad. Y como toda construcción, refleja los valores, los prejuicios y los puntos ciegos de quienes lo construyeron —en su mayoría, hombres blancos occidentales trabajando en instituciones del siglo XX.
Un canon alternativo no pretende ser más verdadero que el oficial. Pretende ampliar lo que consideramos digno de atención, de análisis, de reverencia. Y en el cine de directoras, hay demasiado que el canon oficial ha ignorado sistemáticamente.
Agnès Varda: la mirada que todo lo cambia
Varda (1928-2019) podría ser la directora más importante del cine francés de posguerra y sin embargo sigue siendo una nota al pie en la historia de la Nouvelle Vague, dominada por Godard, Truffaut y Rohmer.
Cleo de 5 a 7 (1962) sigue siendo uno de los ejercicios más precisos sobre el tiempo real en el cine. Las criaturas, Sin techo ni ley, Las cosechadoras y yo: cada una tiene un lenguaje visual propio que Varda reinventaba por completo en cada proyecto. El documental, la ficción, el ensayo visual: los mezclaba sin que sus contemporáneos lo reconocieran como lo que era.
Claire Denis: el cuerpo como lenguaje
Denis construyó un cine donde el cuerpo —su presencia física, su textura, su relación con otros cuerpos y con el espacio— dice lo que el diálogo nunca diría. Beau Travail (1999) es una película sobre la masculinidad militarizada que funciona casi como danza. Trouble Every Day radicaliza ese lenguaje corporal hacia el horror.
Su cine es incómodo porque se niega a explicarse. Como la vida real, propone situaciones cuyo significado no está garantizado.
"Denis no dirige actores. Dirige presencias. Sus películas no cuentan historias en el sentido convencional. Crean situaciones en las que la emoción emerge del espacio entre los cuerpos, no del diálogo."
Chantal Akerman: el tiempo como argumento
Jeanne Dielman, 23 quai du Commerce, 1080 Bruxelles (1975) tiene tres horas y veintiún minutos. Sigue a una mujer mientras cocina, limpia, recibe clientes sexuales y cuida a su hijo adolescente. La película fue elegida por Sight & Sound en 2022 como la mejor película de todos los tiempos.
Akerman convirtió la duración en argumento. El tiempo que tarda Jeanne en pelar papas, en lavar platos, en hacer la cama: ese tiempo, filmado en su totalidad, dice algo sobre la invisibilidad del trabajo doméstico que ninguna cantidad de diálogo podría decir.
Céline Sciamma: la política de la mirada
Sciamma (Tomboy, Girlhood, Portrait of a Lady on Fire) trabaja con la pregunta de quién mira y desde dónde. Portrait es la película más articulada sobre el female gaze que el cine ha producido: una reflexión sobre la representación, el consentimiento visual y el poder que nunca se vuelve didáctica.
El canon no es neutral
Estas cuatro directoras no son las únicas que merecerían aparecer aquí. Yvonne Rainer, Maren Ade, Lucrecia Martel, Kelly Reichardt, Alice Rohrwacher: el cine de directoras es más rico, más variado y más radical de lo que el canon oficial ha querido reconocer.
La pregunta no es por qué estas directoras son menos conocidas que sus contemporáneos masculinos. La respuesta es obvia. La pregunta es qué hacemos con eso: seguir aceptando un canon que excluye sistemáticamente, o construir uno que reconozca lo que existió aunque nadie lo haya premiado.
El canon cinematográfico oficial —esa lista de las mejores películas de todos los tiempos que se actualiza cada diez años y que domina las conversaciones sobre cine— tiene un problema estructural: es mayoritariamente masculino. Los directores que lo dominan son, con excepciones, hombres blancos europeos o norteamericanos.
Esto no significa que esas películas no sean buenas. Significa que la imagen que tenemos de "qué es el cine" está construida sobre una muestra sesgada de quién ha podido hacerlo.
Agnès Varda: la cámara como conversación
Si hubiera que elegir una directora cuya obra contradice más completamente los prejuicios sobre lo que el cine puede ser, sería Agnès Varda. Su filmografía abarca desde los primeros films de la Nouvelle Vague hasta documentales de los años 2000 donde ella misma aparece como personaje, caminando por el mundo con una pequeña cámara digital y una curiosidad sin límites.
Varda nunca separó el arte de la vida. Sus documentales son ensayos personales. Sus ficciones tienen la textura de lo real. Su cámara no observa: conversa. Es la cámara más generosa que el cine ha producido.
Chantal Akerman: el tiempo como política
Akerman fue la primera directora en hacer del tiempo un argumento estético. Jeanne Dielman usa la duración real de las tareas domésticas no para aburrir, sino para revelar: el trabajo invisible de las mujeres en el hogar, hecho visible por el simple hecho de no cortar.
Claire Denis: el cuerpo como territorio
El cine de Denis es sensorial antes que narrativo. Sus películas se experimentan antes de entenderse. El cuerpo —su presencia, su textura, su deseo— es el territorio donde ocurre todo lo que importa.
Céline Sciamma: la mirada como amor
Portrait of a Lady on Fire es, entre otras cosas, un manifiesto sobre el female gaze. Sciamma construye una película sobre el acto de mirar y ser mirada, sobre lo que cambia cuando quien mira no tiene la posición de poder histórica.

