En 2022, la encuesta decenal de Sight & Sound —la más prestigiosa del mundo del cine— nombró a Jeanne Dielman, 23 quai du Commerce, 1080 Bruxelles (1975) como la mejor película de todos los tiempos, destronando a clásicos como Vertigo y Ciudadano Kane. La elección sorprendió a muchos: ¿cómo una película de tres horas y veintiún minutos sobre una viuda belga que cocina, limpia y recibe clientes sexuales en su departamento podía ocupar ese lugar?
El tiempo como argumento central
Chantal Akerman filma cada tarea doméstica de Jeanne Dielman en tiempo real. La vemos pelar papas durante minutos completos. La vemos hacer la cama, lavar platos, preparar la cena, sin ningún corte que acelere el proceso. La duración no es un descuido: es el argumento.
Al filmar el trabajo doméstico en su duración real, Akerman lo vuelve visible de una manera que el cine convencional —que comprime estas tareas en segundos o las omite enteramente— nunca había logrado. El tiempo que toma mantener una casa, criar a un hijo, sostener una vida, normalmente invisible, se vuelve el centro absoluto de la narrativa.
"Akerman no pedía paciencia al espectador. Pedía que reconociéramos que el tiempo de las mujeres —especialmente el tiempo dedicado al trabajo doméstico— había sido sistemáticamente invisibilizado por el cine, y por la cultura en general."
La ruptura final
Sin arruinar el final para quien no la ha visto, basta decir que la rutina meticulosamente establecida durante las primeras dos horas y media se rompe de manera abrupta y violenta en los últimos minutos. Esa ruptura solo funciona porque Akerman invirtió tanto tiempo construyendo la rutina: sentimos la quiebra con una intensidad que ninguna película convencional, con su ritmo acelerado, podría producir.
Por qué importa hoy
Jeanne Dielman es un caso de estudio sobre lo que el cine puede hacer cuando se libera de la obligación de entretener constantemente. Es difícil, exige paciencia, y para muchos espectadores resultará genuinamente aburrida en su primera hora. Pero esa dificultad es exactamente su punto: te obliga a experimentar, aunque sea de manera mediada, el peso del tiempo que el trabajo invisible de las mujeres siempre ha exigido.

