De niña, casi cualquier cosa podía producir asombro genuino: un insecto interesante, un truco de magia simple, un atardecer particularmente colorido. De adulta, expuesta constantemente a imágenes y experiencias diseñadas específicamente para impresionar —efectos especiales masivos, contenido viral optimizado para sorprender— la capacidad de asombro genuino parece haberse desensibilizado considerablemente.
La habituación como costo de la sobreexposición
La psicología confirma que la exposición repetida a estímulos intensos produce habituación: necesitas estímulos cada vez más extremos para producir la misma respuesta emocional, lo que en el contexto de consumo de medios contemporáneo significa que el asombro genuino se vuelve cada vez más difícil de provocar.
"No hemos perdido la capacidad de asombro. La hemos desensibilizado a través de exposición constante a estímulos diseñados artificialmente para impresionar, dejándonos menos receptivas al asombro genuino y espontáneo."
El asombro como práctica deliberada
Recuperar la capacidad de asombro requiere, paradójicamente, esfuerzo deliberado: buscar activamente experiencias de escala que la cotidianidad mediática no provee —naturaleza real sin mediación digital, arte experimentado en persona, silencio sostenido— y practicar la atención necesaria para notar detalles que el consumo pasivo normalmente ignora.
Los niños como maestros
Observar la capacidad de asombro genuino en niños pequeños, todavía no habituados a la sobreestimulación, puede recordarte qué se siente experimentar el mundo sin el filtro de comparación constante que la adultez mediática ha construido.

