Estás en un semáforo. Pasa un autobús lleno de gente. Por un segundo, ves cuarenta rostros distintos, cada uno absorto en sus propios pensamientos, cada uno yendo hacia una vida tan completa, complicada y vivida desde dentro como la tuya. Y entonces algo se quiebra un poco en tu percepción habitual del mundo: te das cuenta, con una intensidad casi física, de que tú eres solo un personaje secundario en miles de historias ajenas.
El nombre de lo evidente que olvidamos
Sonder, otro término acuñado por John Koenig, nombra esta sensación. Intelectualmente, todos sabemos que otras personas tienen vidas interiores completas. Pero sentirlo —experimentar genuinamente, aunque sea por un instante, la realidad de que cada extraño es protagonista de su propia narrativa— es algo distinto y mucho menos frecuente.
"Vivimos como si fuéramos los únicos protagonistas y todos los demás fueran extras. Sonder es el instante en que esa ilusión se rompe, aunque sea brevemente."
Por qué la experimentamos tan poco
El cerebro humano no está diseñado para sostener la complejidad emocional de tratar a cada persona que cruzamos como un mundo interior completo. Sería imposible funcionar socialmente si experimentáramos sonder constantemente: necesitamos, en algún nivel, simplificar a los extraños para poder navegar el mundo sin agotamiento emocional.
El valor de experimentarla ocasionalmente
Aunque no podamos —ni debamos— vivir en estado permanente de sonder, experimentarla ocasionalmente tiene valor. Nos recuerda la humanidad compartida con personas que normalmente categorizamos como fondo de nuestra propia narrativa: el repartidor, la persona en la fila del banco, el extraño en el metro. Cultivar la capacidad de sentir sonder de vez en cuando puede ser, en pequeña escala, un ejercicio de empatía radical.

