Durante gran parte de la década de 2010, el minimalismo dominó el discurso de diseño e interiorismo: espacios blancos, pocos objetos, la filosofía de Marie Kondo sobre eliminar todo lo que no produce "alegría". Pero hacia finales de la década y especialmente después de la pandemia, el maximalismo emergió como contracorriente cultural significativa.
El minimalismo como ideología de clase
Críticos culturales han señalado que el minimalismo aspiracional —espacios despojados, pocos objetos pero todos costosos y de diseño— funciona, en la práctica, como performance de privilegio: requiere poder elegir tener pocas cosas, en lugar de no poder permitirse más.
"El maximalismo no es simplemente desorden. Es una filosofía visual que celebra la acumulación, la textura, el color y el patrón como expresiones legítimas de personalidad e historia personal."
El resurgimiento del maximalismo
El maximalismo contemporáneo —papel tapiz patronado, mezcla deliberada de estilos y épocas, abundancia de objetos personales y coleccionados— representa una reacción contra la frialdad impersonal que el minimalismo extremo puede producir, además de una crítica implícita a su asociación con privilegio económico.
El terreno medio
La mayoría de las personas, en la práctica, navegan entre estos extremos: ni el vacío total minimalista ni el caos total maximalista, sino una curaduría personal que toma elementos de ambas filosofías según contexto y necesidad específica.

